
La indecencia es una divinidad caprichosa y parlamentaria que revolotea traviesa a los pies de la ciega y ordinaria indolencia. Desahucios, despidos, miseria… imperceptibles y ahogados llegan al paraíso de los notables los gritos desesperados de las criaturas de la tierra. En el Olimpo de los poderosos no cala el sufrimiento de los mortales, reservan sus delicados tímpanos de seda para el tintineo de las campanas más afinadas: ¡dividin-dón!.





